Es relativamente común en casi todos los ciclos escolares que en algún momento el grupo deje de sentirse como un conjunto y comience a fragmentarse, aparecen bandos definidos, alianzas rígidas, rivalidades abiertas o silenciosas. A veces la división surge por afinidades naturales, los alumnos encuentran a compañeros con los que crean ciertas alianzas y eso deja a otros fuera, mientras que a veces ocurren conflictos acumulados. Esto por si mismo puede no ser un problema, es una parte normal de la socialización y la dinámica que los propios estudiantes aprenden y descubren, sin embargo, cuando esto afecta el clima del aula, dificulta el trabajo en equipo, pone en riesgo la participación o se convierte en tensión para algunos alumnos, es importante hacer algo al respecto.
¿Qué observamos en el grupo?
La primera tarea del docente no es intervenir de inmediato, en realidad se trata de observar y entender qué ocurre en la dinámica del grupo. ¿Se trata de una preferencia social sana o de una rivalidad activa? ¿Hemos detectado algún tipo de burla, exclusiones o competencia constante? ¿El conflicto es entre dos estudiantes con influencia o entre varios integrantes? Observar patrones en distintas situaciones, como el desarrollo del trabajo en equipo, el recreo o las actividades deportivas, ayuda a distinguir si la división es estructural o circunstancial.
Es importante escuchar a los estudiantes, a veces ellos son los primeros en darse cuenta de lo que ocurre, aunque no siempre lo expresan directamente, o en ocasiones ellos son los que buscan ayuda y no siempre encuentran en los adultos alguien que los apoye. Una parte de nuestra labor en estos casos es escucharlos y validarlos.
¿Qué podemos hacer?
Si detectamos que el conflicto se ha convertido en un obstáculo para la comunidad o el aprendizaje, lo normal es querer actuar de inmediato, sin embargo un error común es forzar una integración abrupta, pedirles de pronto a los estudiantes que trabajen con quienes no suelen hablar, pedirle a estudiantes que no se hablan o que no se llevan bien que colaboren, etc. Las intervenciones directas y evidentes suelen aumentar la resistencia. En cambio, funcionan mejor las estrategias progresivas, que nos permitan entender mejor la dinámica y a ellos probar nuevas fórmulas sin sentirse presionados ni vulenrados, para algunos puede ser muy difícil trabajar con compañeros que no conocen o con quienes sienten cierto conflicto.
Colaboración intrínseca
Una primera herramienta es el diseño de tareas con interdependencia real. No basta con sentar a estudiantes de distintos subgrupos en la misma mesa, la actividad debe requerir aportaciones complementarias que permitan conocerse mejor y cooperar para llegar a soluciones conjuntas. Por ejemplo, asignar roles diferenciados dentro del equipo (coordinador, relator, verificador, investigador) y establecer que el producto final depende del cumplimiento de cada función, esto nos ayudará a evitar que las tareas simplemente se dividan sin conocer a su equipo. Cuando el éxito académico exige cooperación, la interacción cambia de naturaleza.
Otra estrategia efectiva es trabajar con metas compartidas de grupo completo. Establecer un objetivo común, como mejorar el promedio general en cierta actividad, organizar un evento, lograr un reto colectivo, desplaza la atención del “nosotros contra ellos” hacia un propósito mayor en el que todos tienen un rol importante. Es necesario que la meta sea medible y que el avance se haga visible, de modo que todos perciban el beneficio de colaborar.
Acuerdos en conjunto
También conviene generar espacios breves de diálogo estructurado, no para señalar culpables, sino para construir acuerdos. El docente puede plantear preguntas neutras: ¿qué necesitamos para trabajar mejor como grupo?, ¿qué conductas facilitan el aprendizaje?, ¿cuáles lo dificultan? Registrar las respuestas y convertirlas en acuerdos visibles fortalece la corresponsabilidad. La clave está en mantener el enfoque en conductas, no en personas.
Prevenir el bullying
En casos donde el conflicto está concentrado en estudiantes específicos, es importnate intervenir de manera individual y no dejarlo pasar como una conducta normal en los niños o adolescentes, pues podría existir algún riesgo de vulnerabilidad. Una conversación directa permite explorar percepciones, establecer límites claros y, en algunos casos, redirigir la situación. Es fundamental escuchar a nuestros estudiantes, pues cuando se presenta alguna situación de acoso escolar implica un riesgo para todos los estudiantes, nunca se debe ignorar alguna observación que pudiera indicar esto.
Es importante entender que la cohesión no se logra en un solo movimiento, requiere consistencia. El docente debe sostener las estrategias el tiempo suficiente para que la interacción positiva genere nuevas experiencias compartidas, cuando estudiantes que antes competían logran resolver juntos una tarea exigente, se crea una memoria colectiva que debilita la rivalidad. Gestionar un grupo dividido exige equilibrio: intervenir sin dramatizar, estructurar sin imponer, escuchar sin perder autoridad. ¿Qué estrategias crees que son útiles en esta situación? ¡Comparte con nosotros!