Durante mucho tiempo se ha sostenido la idea de que la función principal de la escuela es transmitir contenidos y evaluar su dominio con exámenes y ejercicios. Bajo esta lógica, el aula se concibe como un espacio esencialmente cognitivo, donde lo emocional queda relegado a un segundo plano o se considera un asunto personal de los estudiantes (y de los docentes), sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra que el aprendizaje no ocurre en un terreno neutro, por el contrario, ocurre en un clima emocional específico que puede facilitar la curiosidad, la concentración y el deseo de aprender, o bien generar resistencia, ansiedad y desconexión. En este sentido, la calma en un aula no es un lujo, es una condición pedagógica que también se enseña.
¿Cómo es un aula regulada?
Hablar de aulas emocionalmente habitables no implica idealizar espacios silenciosos y perfectamente controlados, sabemos que para aprender a veces es necesario el caos, el ruido y el desorden, pero sí implica reconocer que el aula es un lugar donde circulan emociones diversas y que estas influyen de manera directa en la forma en que los estudiantes se vinculan con el conocimiento. Un aula habitable es aquella donde las emociones no se niegan ni se reprimen sistemáticamente, sino que se reconocen como parte del proceso de aprender. Cuando el docente logra leer el clima emocional del grupo, puede ajustar ritmos, modificar estrategias y tomar decisiones que cuiden tanto el aprendizaje como a las personas que participan en él.
¿Cómo crear calma en nuestras aulas?
La calma se construye, en gran medida, a través del ejemplo. El modo en que el docente entra al aula, la forma en que da instrucciones, cómo responde al error o al conflicto, y la manera en que maneja la incertidumbre son mensajes constantes y muy importantes para el grupo.
Un docente que actúa desde la prisa permanente, la tensión o la irritación transmite la idea de que el aula es un espacio hostil, en cambio, cuando se muestra disponible, firme y sereno, incluso en situaciones complejas, ofrece a los estudiantes una referencia emocional que contribuye a su autorregulación.
Arriba las expectativas
Buscar que nuestro proceso educativo se dé desde la calma no significa, de ninguna manera, renunciar al aprendizaje ni bajar las expectativas del rendimiento de los alumnos, por el contrario, implica comprender que el esfuerzo intelectual se sostiene mejor cuando el entorno emocional es seguro.
La calma permite que los estudiantes se concentren, se equivoquen sin paralizarse por el miedo y que participen con mayor libertad. También protege al docente del desgaste constante, pues reduce la necesidad de reaccionar constantemente ante situaciones cotidianas de gestión del aula, no es necesario estar a la defensiva ni en tensión.
Cuidado con el entorno
A veces, el sistema educativo se ve atravesado por la urgencia, la sobrecarga administrativa y la presión por obtener resultados visibles, por ello es importante apostar por la calma, un gesto que puede parecer menor o incluso ingenuo, pero que es una decisión pedagógica. Para lograrlo es importante considerar el entorno en el que nos desarrollamos y los retos que implica, desde familias complejas hasta un espacio escolar caótico. Si bien no podemos resolver las dificultades de cada estudiante o cambiar por completo el entorno en el que damos clases, si podemos ayudar a los alumnos a desarrollar herramientas que les ayuden a transitar esas dificultades mientras aprenden.
¿Cómo ayudas a tus estudiantes a encontrar calma en un ambiente cada vez más estimulado y con prisa? ¿Crees que todo esto afecta la forma en la que tus alumnos aprenden? ¡Comparte con nosotros tu experiencia!