La docencia exige presencia constante: observar, escuchar, hablar, acompañar, resolver situaciones inesperadas y mantener la atención del grupo, pero, paradójicamente, en medio de tanta actividad, pasamos largas horas de pie o sentados sin movernos realmente, ya sea al frente del aula o cumpliendo con el trabajo administrativo, con el tiempo, esa falta de movimiento impacta en la energía, en la postura, en temas de salud, en la concentración y en el estado de ánimo, por ello incorporar hábitos de actividad física se ha vuelto un tema de tanta importancia, especialmente para el docente, pues esto no solo beneficia la salud general, también influye de manera directa en la forma en que enseñamos y nos relacionamos en el aula, pues al sentirnos mejor en general podremos rendir mejor en el aula.
Comenzar con algo sencillo
Cuando hablamos de movimiento no se trata necesariamente de inscribirse en un gimnasio y probar todas los aparatos, tampoco de ingresar un programa intenso o disponer de mucho tiempo libre, esto puede ser complicado para cualquier adulto que trabaja y cuida de su hogar, además de resultar abrumador. Es posible comenzar con acciones sencillas y accesibles que se integren a la vida cotidiana, por ejemplo caminar algunos minutos después de la comida, elegir las escaleras cuando sea posible, estirarnos suavemente al terminar la jornada o levantarse del escritorio para cambiar de postura son estrategias que, acumuladas día tras día, favorecen la circulación, alivian tensiones musculares y aportan una sensación de ligereza. Además, estos pequeños movimientos ayudan a mantener la mente más despierta y preparada para las demandas del trabajo escolar.
Incluirlo en el aula
Crear hábitos saludables desde edades tempranas puede traer grandes beneficios a largo plazo, como docentes tenemos la posibilidad de mostrar a los estudiantes estas mismas estrategias para incluir un tipo de movimiento que puede hacerse de manera cotidiana mientras lo aprovechamos como un recurso pedagógico.
Incorporar pausas activas, juegos breves o dinámicas que inviten a levantarse y desplazarse por el salón permite que los estudiantes regulen su energía, se concentren mejor y participen con mayor entusiasmo; permitir que el grupo se mueva también puede traer cambios positivos para el aula, suele ayudarnos a disminuir la inquietud, aumentar la atención y facilitar el aprendizaje. El docente, al guiar este tipo de actividades, también participa del movimiento, por lo que podemos también obtener los beneficios de este tipo de estrategias.
Cuidar lo que comemos
La alimentación es otro componente que se relaciona directamente con la energía diaria. Aunque no siempre sea posible preparar comidas elaboradas, sí podemos tomar decisiones más conscientes que nos ayuden a sentirnos mejor, tener más energía y cuidar nuestro cuerpo. Acciones sencillas pueden tener grandes efectos, como evitar pasar demasiadas horas sin comer, llevar fruta, verdura o colaciones sencillas y asegurarnos de beber suficiente agua son buenos puntos de inicio.
El cuerpo necesita combustible adecuado para sostener el ritmo escolar. Cuando nos alimentamos de manera más regular, evitamos bajones bruscos de energía y mejoramos la capacidad de concentración.
Un camino propio
Siempre es importante recordar que cada persona tiene su propio ritmo, su propia historia de salud y sus propios límites. No se trata de compararse con otros ni de seguir modas, sino de escuchar el cuerpo y avanzar a un paso realista, el objetivo no es lograr una rutina perfecta, sino construir hábitos que nos permitan sentirnos mejor, llegar al aula con mayor vitalidad y terminar la jornada sin un agotamiento excesivo.
¿Qué estrategias pones en práctica para cuidar tu cuerpo y aumentar el movimiento cotidiano? ¡Comparte con nosotros!