Hablar de autoridad en el aula puede generar incomodidad, pues en algunos contextos y bajo la lente de un tipo de autoridad de otros tiempos, la palabra se asocia con imposición, rigidez o control, sin embargo, hablar de autoridad pedagógica no es sinónimo de autoritarismo, en realidad es una condición necesaria para que el aprendizaje ocurra en un marco de seguridad, respeto y claridad, por ello es importante no descuidar este aspecto en ningún momento, pero siempre mantener el equilibrio para evitar imposiciones drásticas que puedan crear ambientes tensos e inflexibles.
¿Qué es la autoridad?
Aunque tenemos una idea de la autoridad como una figura en el poder, la verdadera autoridad no puede imponerse, es algo que se construye por medio de la confianza y la seguridad, no depende del volumen de la voz ni del número de sanciones aplicadas, por el contrario surge de la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos, de la claridad en los límites y de la consistencia en nuestras decisiones, de la creación de un entorno seguro en el que las personas sepan que pueden confiar en dicha autoridad. Un docente que establece acuerdos claros y los sostiene con firmeza transmite seguridad y la seguridad es un requisito para el aprendizaje.
La importancia del ejemplo
En el aula, los estudiantes necesitan referentes. Necesitan saber que hay un adulto que guía, orienta y puede ayudarles a resolver conflictos, superar dificultades y resolver preguntas, cuando faltan límites claros no se produce una sensación de libertad, sino de incertidumbre. Ejercer autoridad sin autoritarismo implica marcar límites claros, pero es necesario hacerlo desde el respeto, la apertura, flexibilidad y escucha activa, nunca desde la imposición o desde el miedo.
No se trata de obedecer
Aunque estamos acostumbrados a la idea de que un niño o adolescente debe ser obediente, en realidad es importante distinguir entre obediencia ciega e informada. No se trata de imponer un autoritarismo que obligue a los niños a seguir reglas ciegamente, aunque tampoco de aulas que pierdan el control, es importante ayudar a los niños a encontrar lógica en las reglas que siguen, entender que las consecuencias son naturales y no imposiciones de una autoridad que no los escucha, a entender que el orden, la disciplina y las normas tienen un fin y parten de una razón.
Cuando explicamos el sentido de una norma, cuando escuchamos al grupo antes de tomar una decisión, cuando diferenciamos entre el error y la falta de respeto, estamos ejerciendo liderazgo formativo, no se trata de renunciar al orden, sino de comprender que el orden es un medio para aprender, no un fin en sí mismo.
Flexibilidad y dureza
Es fundamental distinguir entre firmeza y dureza. La firmeza implica sostener acuerdos con constancia, mientras la dureza suele implicar rigidez y poca apertura al diálogo. Un liderazgo pedagógico sano combina claridad en las expectativas con disposición a escuchar. La autoridad también se fortalece cuando el docente demuestra coherencia y empatía por su grupo.
Escucharnos a nosotros mismos
Ejercer autoridad sin autoritarismo requiere autoconocimiento, implica revisar nuestras reacciones, identificar qué situaciones nos desbordan y desarrollar estrategias para responder con calma, saber cuando nos hemos sobrecargado y entender que incluso a veces nosotros cometemos errores, somos injustos o reaccionamos al calor del momento.
La gestión emocional del docente es parte de su liderazgo. Un adulto que regula sus emociones modela para sus estudiantes una forma saludable de enfrentar el conflicto.
¿Cómo estableces la autoridad en tu aula? ¡Comparte con nosotros tu experiencia y la dinámica de tu aula!