El regreso a clases suele estar acompañado de expectativas renovadas, tanto para alumnos como para sus docentes. Después de las vacaciones, muchos volvemos con nuevas ideas, materiales preparados y el deseo de que el ciclo escolar sea mejor que el anterior, sin embargo, ese entusiasmo inicial puede disminuir rápidamente cuando aparecen las reuniones, los pendientes administrativos, los ajustes de último momento y las exigencias propias de las primeras semanas, por ello es común que, antes de terminar el primer mes, algunos docentes sientan que la energía con la que comenzaron ya no es la misma, incluso llegamos a instalarnos en rutinas y hábitos que deseamos cambiar, pero que de alguna manera hacen más fácil sobrellevar el estrés continuo del inicio de clases.
Esto no significa que hayamos perdido el interés por enseñar, es solo que las primeras semanas concentran una gran cantidad de tareas que rara vez son visibles desde fuera del aula, además de planear clases, el docente debe conocer a sus estudiantes, establecer rutinas, organizar materiales, atender a las familias, adaptarse a cambios de horario y responder a distintas necesidades que surgen conforme el grupo comienza a trabajar. La sensación de cansancio es comprensible.
¿Qué podemos hacer para no caer en la desmotivación?
Una de las formas más efectivas de conservar la motivación es ajustar nuestras expectativas. Si bien es normal que el entusiasmo nos lleve a imaginar un nuevo ciclo lleno de cambios, nuevas estrategias y un aula perfectamente organizada, la realidad es que también necesitamos tiempo para las labores en casa, para dormir y para cuidar de nuestras familias.
Es fácil comenzar el ciclo con la intención de implementar todas las estrategias nuevas que se descubrieron durante las vacaciones o de transformar por completo la práctica docente. Aunque la intención sea positiva, intentar hacerlo todo al mismo tiempo puede generar frustración, por ello en lugar de proponerse cambiar cada aspecto de la enseñanza desde el primer día, resulta más útil elegir una o dos mejoras concretas y darles el tiempo necesario para consolidarse, funciona igual como con cualquier cambio.
¡No olvides tus razones!
En medio de los pendientes cotidianos es frecuente que la profesión parezca reducirse a formatos, reportes y fechas de entrega, por ello es importante tener presente siempre las razones por las que amamos nuestro trabajo, el foco sigue siendo el aprendizaje y el desarrollo de los estudiantes, aunque a veces la rutina nos haga olvidarlo o dejarlo pasar.
Nunca está de más detenernos a reconocer un momento de participación, una pregunta interesante o un avance que un alumno logró gracias al acompañamiento recibido ayuda a recuperar el sentido de la labor docente. La motivación, en ocasiones, no aparece en los grandes acontecimientos, sino en los pequeños logros que ocurren todos los días.
No te compares
Las redes sociales y algunos espacios profesionales suelen mostrar únicamente proyectos exitosos, salones perfectamente organizados o actividades que parecen funcionar sin dificultades y comparar nuestra realidad cotidiana con esas imágenes puede generar la impresión de que nunca se hace lo suficiente. Cada grupo, cada escuela y cada contexto presentan desafíos distintos, por ello la referencia más útil no es el trabajo de otros, sino el propio crecimiento profesional y el de nuestros estudiantes a lo largo del tiempo.
Descansar es esencial
En ocasiones, el entusiasmo por iniciar el ciclo lleva a extender las jornadas de trabajo durante varias semanas consecutivas, ya sea porque tenemos pendientes por cumplir o porque algunas cosas en nuestra clase nos hacen sentir la urgencia de seguir trabajando, sin embargo, convertir esa intensidad en la nueva normalidad suele conducir al agotamiento. Reservar tiempo para la familia, los pasatiempos o simplemente para desconectarse del trabajo no es un lujo, sino una condición para sostener el bienestar y la calidad de la enseñanza a largo plazo, esta parte nunca debe ser negociable, por el contrario, debe ser siempre parte de nuestra lista de prioridades.
Crear redes
Compartir experiencias con otros docentes también puede ser una fuente importante de motivación, solo un docente puede entender a otro docente. Conversar sobre los retos del inicio del ciclo, intercambiar materiales o descubrir que otros enfrentan preocupaciones similares ayuda a disminuir la sensación de aislamiento, la colaboración facilita el trabajo y nos recuerda que enseñar es una tarea colectiva, por lo que nadie tiene que resolver todos los desafíos por sí solo.
Los días difíciles también existen
También es útil aceptar que habrá días difíciles, no todas las clases saldrán como se planearon, algunos acuerdos deberán repetirse varias veces y surgirán imprevistos imposibles de anticipar. Lejos de ser una señal de fracaso, estas situaciones forman parte de la práctica docente, mantener la motivación no significa sentirse entusiasmado todos los días, sino conservar la disposición para aprender de la experiencia y continuar ajustando la práctica cuando sea necesario.
Las primeras semanas del ciclo escolar marcan el ritmo de los meses que seguirán. Un docente que reconoce sus avances, mantiene expectativas realistas y también reserva espacio para su bienestar estará en mejores condiciones para afrontar los desafíos cotidianos y disfrutar, una vez más, del privilegio de enseñar. ¿Qué haces para cuidar tu motivación los primeros días?