Es común relacionar el aprendizaje con la idea de explicar información para los estudiantes, y si bien es muy importante dar explicaciones claras que sirvan para ordenar información, modelar procedimientos o aclarar dudas, también es importante cuidar que las explicaciones en el aula no se conviertan en un monólogo del docente. En esos casos, el alumnado aprende a escuchar, copiar y repetir, pero no necesariamente a pensar o a comprender lo que ve en clase. Por eso, una de las herramientas más poderosas que tiene un docente no es la respuesta, sino la pregunta, la cual nos ayuda a guiar, despertar la curiosidad y a organizar el pensamiento.
No se trata solo de evaluar
Tenemos noción de que las preguntas sirven en el aula para evaluar el aprendizaje, se usan en los exámenes y en los ejercicios para verificar que el estudiante ha comprendido la información, pero usar preguntas en el salón de clases puede ir más allá de esto. Si bien hay preguntas que cierran el pensamiento, porque buscan una respuesta exacta y rápida, también existen las que lo abren: invitan a explicar, justificar, comparar, relacionar, imaginar, argumentar. A través de estas preguntas podemos guiar al alumno en su intuición, curiosidad, capacidad de argumentación y organización del pensamiento.
Abrir la clase con preguntas que le den la oportunidad al alumno de imaginar hacia dónde va el contenido no es nada más un ejercicio divertido, es importante para desarrollar su pensamiento deductivo. Dejar preguntas que indaguen más allá de lo que vimos en la clase es dejar la puerta abierta para la curiosidad, la investigación y la construcción de conocimientos propios. Preguntas que desafíen el porqué de lo que piensan, que les hagan preguntarse cómo piensan lo que piensan o qué relación tiene este contenido con otras clases puede ayudarles a construir una red de conocimientos amplia y cada vez mas compleja.
Hacer preguntas en espacios seguros
Cuando los estudiantes se acostumbran a que no solo importa acertar, sino explicar, la participación deja de ser una competencia por “ser el primero” y se vuelve una conversación de ideas, pero para que eso ocurra, es necesario crear un clima seguro al interior del aula, construir un lugar donde equivocarse no sea motivo de burla ni de castigo, sino parte natural del aprendizaje.
Un punto clave es el tiempo de espera. Muchas veces hacemos una pregunta y, si nadie responde inmediatamente, la contestamos nosotros, esto parece eficiente para avanzar la clase, pero en realidad entrena al grupo para no esforzarse. Pensar es algo que toma tiempo y permitir que en nuestra aula ocurran silencios, pausas y oportunidades para pensar es importante, poco a poco el alumnado descubre que sí puede formular respuestas, aunque no sean perfectas, pues se trata de un proceso.
La importancia de pensar el conocimiento
Es común que para evaluar la comprensión de un tema busquemos que los alumnos respondan preguntas directas y literales, nombres de lugares, fechas de momentos históricos, fórmulas y operaciones bien resueltas, datos claros, pero en ocasiones esto provoca que las lecturas y explicaciones se queden solamente en información superficial, también es necesario provocar preguntas que les lleven más allá en su búsqueda de conocimiento, hacerles preguntar por qué los hechos históricos ocurrieron de cierta manera, cuáles son los elementos que conviven para que una reacción química ocurra y sus consecuencias en su contexto social y cultural, cómo se construye una fórmula matemática y por qué los resultados son relevantes, todo conocimiento tiene relación con otra parte del pensamiento.
Planear nuestras preguntas
Una estrategia útil para integrar preguntas en nuestra forma de enseñar es planear algunas preguntas clave para cada sesión, como si fueran el hilo conductor, tres o cuatro preguntas poderosas pueden sostener una clase completa. Estas preguntas deben estar alineadas al objetivo de nuestra clase y ayudar a los alumnos a alcanzar precisamente esa meta.
Otro elemento importante es cómo guiamos a los alumnos en estas mismas preguntas, el seguimiento vale más que el “bien” o “mal”. Responder con “¿por qué?”, “¿alguien lo puede decir con otras palabras?”, “¿quién está de acuerdo y por qué?”, “¿qué ejemplo lo demuestra?” mantiene viva la conversación. Además, es necesario distribuir la participación. No se trata de que siempre hablen los mismos, sino de construir un aula donde todos tengan voz, aunque sea en distintos formatos: conversación en parejas antes de compartir al grupo, lluvia de ideas en el pizarrón, respuestas escritas breves, señales, votaciones con argumentos.
¿Has integrado preguntas en tus clases? ¿Crees que estas pueden ayudar a construir el conocimiento? ¡Comparte con nosotros!