Para un docente cuando la clase termina y los estudiantes se van a casa no siempre implica el final de la jornada, muchos son los pendientes que nos llevamos a casa y a veces incluso, nos vamos con la mente puesta en cosas que ocurrieron durante la clases, detalles importantes que queremos mantener presentes para aclararlos después o, en ocasiones, situaciones que nos dejan una marca y que nos cuesta sacudir al salir del aula, momentos clave que no logramos cerrar y que nos hacen sentir que no hemos podido abandonar del salón aún después de cerrar la jornada.
A veces es un comentario que quedó resonando, una respuesta que no dimos, un conflicto que no se resolvió del todo o la preocupación por alguien que parece estar pasando por algo más allá de lo académico. A muchos docentes les ocurre que el cuerpo se va a casa, pero la mente sigue ahí, repasando escenas, imaginando alternativas, reconstruyendo lo que ocurrió.
La importancia de ir a casa
Hay días en que esto es leve, casi imperceptible, pero hay otros en los que se vuelve insistente, como un eco que no se apaga. Repetimos una escena o nos planteamos posibilidades sin parar, esto ocurre porque en la docencia, mucho de lo que pasa no viene con un cierre claro. No hay una última línea que indique que algo ha terminado, las relaciones continúan, los procesos siguen abiertos y las preguntas, muchas veces, no encuentran respuesta inmediata. Por eso, no es raro que el aula se extienda más allá de sus límites físicos.
En sí mismo no es un problema que esto ocurra, es normal que nuestra mente busque alternativas para resolver problemas, lo malo es cuando no sabemos qué hacer con ello o cuando nos quedamos atrapados hasta el punto de afectar nuestra rutina.
Cuando las escenas se repiten una y otra vez solemos caer en reproches y señalamientos, qué pudimos haber dicho diferente, qué otra cosa podríamos haber hecho, en dónde nos equivocamos, cómo no manejamos las cosas. Esa revisión constante, lejos de ayudar, puede desgastarnos, no porque reflexionar sea negativo, sino porque se vuelve un circuito cerrado.
Pensar no siempre es procesar
Muchas veces sentimos que al pensar profundamente una situación encontraremos una solución, si bien es importante la reflexión, procesar algo implica otra cosa, tomar distancia, ordenar lo ocurrido, darle un lugar. No se trata de ignorar lo que pasó, sino de evitar que ocupe todo el espacio mental y para eso, a veces es necesario hacer algo muy concreto, sacar la experiencia de la cabeza y ponerla en otro lugar para poder observarla.
Tomar nota
Algunos docentes escriben al final del día, no un reporte formal, sino un registro breve de lo que quedó pendiente, lo que funcionó o lo que inquieta. Otros necesitan hablarlo, con colegas, en espacios de acompañamiento, o incluso solamente con uno mismo en voz alta, como una forma de organizar el pensamiento. También hay quienes encuentran útil establecer un pequeño ritual de cierre, revisar mentalmente la jornada y, de manera intencional, darla por terminada. Estas estrategias no implican que todo esté resuelto, más bien se busca darle un momento a la mente para descargar y cerrar el día de forma ritual, simplemente porque es suficiente.
¿Por qué es importante cerrar?
Aunque muchas veces se piensa que la labor del docente es incansable y va más allá de un trabajo de ocho horas, también es necesario aprender a gestionar nuestros límites y cuidar de nosotros mismos, porque si todo se queda con nosotros, eventualmente no hay espacio para nada más. También es necesario reconocer que no todas las situaciones requieren una resolución inmediata, algunas necesitan tiempo, oras, simplemente, no dependen de una intervención directa. Aprender a dejar ciertas cosas en suspenso, sin que eso se convierta en angustia, es parte de ser docente, algo que si bien puede ser complejo, es necesario no olvidar.
No se trata de olvidar lo ocurrido
Es verdad que gran parte de las cosas que ocurren en el día a día son importantes para la gestión del aula y para el proceso de cada estudiante, así que dejar atrás situaciones no implica olvidarlas del todo o simplemente desecharlas, simplement significa que no todo debe resolverse hoy o ahora mismo.
Poco a poco, construir formas de procesar lo que el aula deja en nosotros permite habitar la docencia de otra manera, ya no como una carga constante, sino como una experiencia que se puede pensar, acomodar y, en algún punto, soltar. ¿Cómo podemos cerrar estos proceso al salir del aula? ¡Déjanos tus ideas!