Hay un cansancio docente que no aparece en los reportes ni se refleja en los indicadores escolares, no necesita manifestarse como agotamiento extremo ni como desmotivación abierta para ser importante, pues muchas veces es más bien sutil, una sensación de peso al comenzar el día, una dificultad creciente para entusiasmarse, una fatiga que no se explica solo por las horas de trabajo, es un cansancio que no se ve, pero que se siente, y que acompaña silenciosamente la práctica de enseñar. Tomarlo en cuenta es esencial para el bienestar al interior del aula, tanto para el docente como para los estudiantes.
Este puede ser un desgaste emocional que tiene que ver con la naturaleza misma del trabajo docente. Enseñar no se trata solamente de transmitir contenidos o gestionar actividades, tiene que ver con sostener vínculos, leer climas emocionales, anticipar conflictos, contener frustraciones propias y ajenas, así como tomar decisiones constantes, muchas de ellas en segundos, mientras se mantiene la atención en múltiples frentes. Todo esto ocurre de manera casi invisible.
Un trabajo permanente
A diferencia de otros trabajos, en el aula el docente rara vez puede “desconectarse”, incluso cuando termina la jornada, la mente sigue ocupada con el trabajo de enseñar, se piensa en un estudiante que no participó, en una estrategia que no funcionó, en una situación que quedó abierta. Este trabajo mental y emocional continúa fuera del horario escolar y se acumula con el tiempo y aunque puede parecer inofensivo, sigue siendo una parte del trabajo y por lo tanto, puede llegar a ser muy desgastante.
Además de esto, existe una expectativa social muy arraigada, la idea de que el docente siempre debe poder con todo. Ser paciente, creativo, empático, firme, flexible. Resolver conflictos, motivar, acompañar, evaluar. Esta imagen idealizada deja poco espacio para reconocer el cansancio real. Muchas veces, admitirlo se vive como una falla personal, cuando en realidad es una consecuencia lógica de una tarea compleja y profundamente humana.
¿Cómo se ve este desgaste?
Este desgaste de tipo emocional no siempre se expresa como agotamiento evidente o un cansancio físico, a veces aparece como irritabilidad, molestarnos ante cualquier inconveniente o incluso entrar en conflicto con nuestros alumnos o seres queridos sin razón aparente, también la distancia emocional puede ser una señal, una sensación de estar funcionando en automático, sin disfrutar nada. Otras veces se manifiesta en la autoexigencia: preparar más, hacer más, intentar compensar el cansancio con esfuerzo extra o como cierta indiferencia ante lo que ocurre. En cualquier caso, es importante notar que estos mecanismos suelen profundizar el problema en lugar de resolverlo, porque aumentan la incomodidad, el agotamiento y crean otros conflictos.
¿Cómo enfrentarlo?
Nombrar este cansancio es un primer paso importante, reconocer que algo nos ocurre y validar que esto es importante, pues muchas veces sentimos que expresar nuestras dificultades es dramatizarlo, lo cual aumenta sentimientos de culpa o vergüenza. Reconocer que enseñar implica un trabajo emocional permite revisar prácticas, ritmos y expectativas, permite preguntarse qué se está cargando de más, qué responsabilidades no corresponden del todo al rol docente, qué límites se han ido diluyendo con el tiempo y qué podemos hacer para evitar que nos haga daño.
Cuidarnos como forma de educar
Tomar consciencia de este tipo de dificultades y hacer algo para aliviarlas, también invita a repensar la idea de cuidado en la escuela, tanto para el docente como para el alumno. Esto no siempre implica grandes cambios estructurales, a veces comienza con pequeñas decisiones pedagógicas, como aceptar que no todo debe salir perfecto, permitirse pausas reales, compartir dudas con colegas, recuperar espacios de reflexión. Tomar cartas para cuidar de nosotros mismos puede ayudarnos a mostrar a los alumnos que esforzarse y trabajar en sus objetivos no es un tema de sufrimiento, sino de cuidado.
Hablar del desgaste emocional docente es necesario porque, mientras siga siendo invisible, seguirá normalizándose. ¿Qué pasos tomarías para cuidar este aspecto? ¡Comparte con nosotros!