Como para cualquier persona, a veces los docentes tenemos días en los que entrar al salón de clases requiere mucho más esfuerzo del que cualquiera imagina, no necesariamente porque ocurra algún gran acontecimiento o de una crisis evidente, a veces el cansancio se acumula durante semanas, una preocupación personal ocupa la mente o simplemente hay momentos en los que el ánimo no alcanza el mismo nivel de siempre, sin embargo, la rutina escolar continúa y seguimos llegando a nuestras aulas para sostener el aprendizaje, resolver conflictos, escuchar a los estudiantes y responder a las demandas cotidianas de la escuela.
Cuidado con las expectativas
Existe la idea de que un buen docente debe mostrarse siempre motivado, paciente y disponible emocionalmente, pero esta expectativa puede generar una presión innecesaria, porque parte de la premisa poco realista de que quienes enseñan pueden dejar sus propias emociones fuera del aula, separar su vida personal del aspecto laboral. Aunque si es importante hacer esa diferencia y buscar un límite entre ambas partes de nosotros, la realidad es que también atravesamos pérdidas, enfermedades, preocupaciones económicas, problemas familiares o simplemente temporadas de agotamiento. Reconocer esto no disminuye el compromiso profesional, al contrario, permite ejercer nuestro trabajo desde un lugar más humano.
Enseñar cuando no se está del todo bien implica encontrar un equilibrio entre la responsabilidad hacia los estudiantes y el cuidado de uno mismo. No significa convertir el aula en un espacio para descargar las propias dificultades ni ocultarlas por completo detrás de una sonrisa permanente, pero sí podemos aceptar que el bienestar fluctúa y que es posible seguir desempeñando nuestro trabajo con profesionalismo mientras se buscan formas de atravesar ese momento de manera saludable.
¿Qué podemos hacer en estos momentos?
Algo importante es reconocer y validar que como seres humanos tenemos momentos que son mejores y otros que son más difíciles. Hay jornadas en las que preparar una clase extraordinaria, organizar múltiples actividades y mantener un ritmo constante simplemente no será posible y esto no convierte a nadie en un mal docente. En esos momentos puede ser más útil apoyarnos en recursos ya preparados, recuperar actividades que anteriormente funcionaron bien o privilegiar la claridad de la enseñanza por encima de la innovación constante, la calidad educativa no depende de reinventar cada sesión y siempre podemos contar con nuestra experiencia frente al aula.
La flexibilidad y capacidad de adaptación también son importantes cuando necesitamos relajar un poco el ritmo y exigirnos un poco menos, para ello es importante escucharnos, observar las señales de nuestro cuerpo y hacer los ajustes necesarios antes de caer en el agotamiento.
La carga de trabajo
Identificar qué aspectos del trabajo consumen más energía emocional es una estrategia muy útil, pues son diferentes para cada quien, para algunas personas son los conflictos entre estudiantes, para otras, las reuniones, la carga administrativa o la sensación de tener que responder de inmediato a cada solicitud, detectar esos puntos de desgaste permite tomar pequeñas decisiones para proteger nuestra energía, como establecer horarios para responder mensajes, apoyarnos en nuestra red cuando sea posible o simplificar procesos que no requieren un esfuerzo adicional.
Llevar un registro o diario de nuestra actividad, en el que además destaquemos los puntos en los que nos sentimos más cómodos o más desgastados nos podrá ayudar a tener presentes plantes de emergencia para los momentos más difíciles.
Atentos al proceso
Tener días difíciles es normal, especialmente si enfrentamos alguna situación personal que pone a prueba nuestras habilidades, pero también es muy importante prestar atención a cualquier señal que pueda indicar que un malestar está dejando de ser temporal. Si el agotamiento, la tristeza, la irritabilidad o la sensación de desconexión permanecen durante semanas y comienzan a afectar de manera significativa la práctica docente o la vida cotidiana, es importante buscar apoyo. Hablar con personas de confianza, acudir a un profesional de la salud mental o utilizar los recursos de acompañamiento disponibles puede marcar una diferencia importante, pedir ayuda también forma parte del autocuidado profesional.
En ocasiones, el propio trabajo ofrece pequeños espacios de recuperación. Una conversación agradable con un grupo, una actividad que despierta la curiosidad de los estudiantes o un momento de colaboración entre colegas pueden recordar por qué muchas personas eligieron dedicarse a la enseñanza. No se trata de esperar que el trabajo resuelva el malestar personal, sino de reconocer que incluso en periodos difíciles pueden existir experiencias que aporten sentido y alivio.
La profesión docente requiere una enorme inversión de tiempo, conocimientos y energía emocional. Precisamente por ello, cuidar a quien enseña no es un lujo ni un premio reservado para las vacaciones. ¿Qué haces cuando la vida laboral se siente más difícil de lo normal? ¡Comparte tus ideas con nosotros!