Aunque los primeros minutos de clase suelen pasar desapercibidos o ser tratados como un tiempo de transición sin demasiada importancia, ese breve lapso puede ser decisivo, un espacio para establecer el tono, el clima emocional y la disposición cognitiva con la que el grupo enfrentará el aprendizaje. Un inicio improvisado o caótico puede arrastrar consigo distracciones, tensiones y desorden que después cuesta mucho trabajo reconducir durante la clase, por ello es necesario, mientras que esos momentos bien utilizados pueden sentar las bases de una clase tranquila, enfocada y atenta.
No es necesario ir a lo grande
Empezar bien no significa empezar de forma espectacular ni llenar el inicio de estímulos, se trata más bien de preparar el aula con una intención pedagógica, un saludo que reconoce al grupo, comunicación clara que establezca la expectativa del día para la clase y una actividad breve que conecte con lo aprendido anteriormente o con la experiencia del estudiante son más que suficientes. Estos gestos aparentemente simples comunican un mensaje potente: este tiempo importa, este espacio está cuidado y lo que haremos aquí tiene sentido.
Los inicios muchas veces cumplen una función de encuadre cognitivo, ayudan a activar conocimientos previos, a situar el contenido y a marcar expectativas claras. Cuando los estudiantes saben qué se espera de ellos desde el primer momento, participan con mayor seguridad y compromiso, no necesitan adivinar ni esperar a que la clase “arranque”; el aprendizaje comienza desde que entran al aula y el cerebro se enfoca en esa dirección.
Un pequeño reinicio
Recibir a nuestros alumnos al inicio de la clase trae consigo también una dimensión emocional que no puede ignorarse, muchos alumnos llegan a clase con la mente puesta en las historias del recreo, de casa o del trayecto a la escuela. Un inicio predecible y cuidado actúa como un puente entre esos mundos y el espacio de aprendizaje, le da oportunidad al alumno de transformar su mente, acomodarse, enfocarse y sentir que llegan a un sitio del que forman parte.
Tranquilidad para el docente
Los beneficios de un inicio de clase estructurado no son solamente para los estudiantes, para el docente, diseñar los primeros minutos es una inversión que rinde frutos durante toda la sesión. Un inicio claro reduce interrupciones posteriores, mejora la atención y favorece un mejor aprovechamiento del tiempo. Además es algo que no requiere grandes recursos ni actividades complejas, sino constancia y coherencia. Con el tiempo, el grupo aprende que entrar al aula es entrar a una experiencia que comienza desde el primer instante y esto también permite que nosotros pongamos atención y usemos energía en otros aspectos que también importan y menos en atravesar esa transición de unos primeros minutos caóticos o incluso estresantes.
Pensar los inicios como parte central de la enseñanza implica reconocer que enseñar no empieza desde el primero momento. ¿Cuáles son tus estrategias para este espacio de la clase? ¡Comparte con nosotros!