No siempre el desgaste docente aparece como agotamiento extremo o crisis evidente, muchas veces se instala de una formas más sutiles, con una sensación de cansancio constante, menor paciencia, dificultad para concentrarse o cierta desconexión con lo que ocurre en clase. Este tipo de desgaste parece no interrumpir nuestro trabajo, podemos con él, pero hace que nuestras actividades sean más pesado o que todo sea más difícil de resolver y aunque no parezca importante por ser menos visible, es vital que no pase desapercibido.
En la vida cotidiana del docente, especialmente cuando tenemos mucho trabajo, a lo largo del día o de la semana, se pierde la energía, no de golpe, sino poco a poco, en pequeñas fugas, ya sea entre una clase y otra, en transiciones apresuradas, en días largos sin pausas reales, por eso pensar en términos de pequeñas acciones puede ser más útil que buscar soluciones grandes o difíciles de sostener en días que no se detienen, así como perdemos energía podemos recuperarla
Pequeñas acciones, grandes cambios
Un primer punto clave es lo que ocurre en los momentos intermedios. No siempre es posible tener descansos largos, pero sí se pueden generar pequeñas pausas intencionales en diferentes momentos del día. Detenerse un par de minutos antes de iniciar una nueva clase, cambiar de espacio si es posible, o simplemente tomar conciencia de la respiración puede ayudar a marcar un corte entre una sesión y la siguiente. Sin ese corte, las clases tienden a acumularse como una continuidad sin respiro y nuestra mente no tiene oportunidad de descansar.
Durante la clase, también se pueden introducir ajustes que no alteran la planificación, pero sí la carga del docente, por ejemplo, ceder ciertos momentos de la dinámica al trabajo entre estudiantes no solo favorece la interacción, sino que permite al docente salir brevemente del centro. No se trata de “hacer menos”, sino de redistribuir la energía.
El cierre de la clase también es una oportunidad para dejar ir la tensión. Muchas veces se termina de forma abrupta, pasando inmediatamente a la siguiente actividad, pero incorporar un pequeño ritual de cierre, aunque sea breve, ayuda a crear una sensación de cierre. Puede ser una recapitulación rápida, una pregunta final o simplemente un momento de pausa, actividades que benefician al estudiante, al darle la oportunidad de cerrar el día, y al docente, que puede pasar a otra cosa con la mente más clara.
Cuidar nuestros ciclos
Resulta muy útil identificar qué momentos de la semana son más demandantes y así anticipar pequeños ajustes. No siempre se pueden cambiar los horarios o las condiciones, pero sí se puede, por ejemplo, evitar concentrar tareas adicionales en los días más cargados o preparar con antelación materiales que reduzcan la exigencia en esos momentos. Ser más conscientes de lo que implica el día desde la planeación puede ayudarnos a encontrar y crear espacios útiles para renovar nuestra energía y llegar mejor a la siguiente clase, lo cual a la larga puede cambiarlo todo.
El objetivo de estos cambios no es eliminar el cansancio, sino hacerlo manejable, sostener la energía no implica estar siempre en el mismo nivel, sino poder recuperarse dentro del propio ritmo de trabajo. Cuando estos pequeños ajustes se vuelven parte de la rutina, eimpacto es acumulativo. ¿Qué prácticas has introducido en tu rutina para sentir que descansas un poco? ¡Comparte tus tips aquí!