Los primeros días de clases son decisivos para definir la dinámica que acompañará al grupo durante todo el ciclo escolar. En ese periodo se forman las primeras impresiones, se establecen rutinas y se construyen las bases de la convivencia, por ello, dedicar tiempo a elaborar un reglamento del aula junto con los estudiantes no es una pérdida de tiempo, es una inversión que puede prevenir muchos conflictos futuros y fortalecer el sentido de pertenencia del grupo.
Durante muchos años fue habitual que los reglamentos escolares se presentaran como una lista de normas elaboradas exclusivamente por el docente, aunque estas reglas pueden ser claras, no siempre generan compromiso. En cambio, cuando los estudiantes participan en la construcción de los acuerdos de convivencia, entienden mejor su propósito y perciben que también tienen responsabilidad en el ambiente que desean construir.
Es importante aclarar que elaborar un reglamento en conjunto no significa que todo esté sujeto a votación. Existen normas institucionales y aspectos relacionados con la seguridad, el respeto y los derechos de todas las personas que no pueden negociarse, lo que sí puede construirse colectivamente son los acuerdos sobre cómo trabajar, cómo resolver desacuerdos, cómo participar en clase y qué comportamientos favorecerán un ambiente de aprendizaje positivo.
¿Cómo iniciar este proceso?
Una buena forma de comenzar la conversación consiste en cambiar la pregunta. En lugar de pedir a los estudiantes que mencionen reglas, puede resultar más enriquecedor preguntar: "¿Cómo les gustaría sentirse en este salón durante todo el año?". Las respuestas suelen incluir palabras como seguros, escuchados, respetados, tranquilos o motivados. A partir de esas ideas es mucho más sencillo reflexionar sobre qué conductas ayudan a lograr ese ambiente y cuáles lo dificultan, de esta manera, las normas dejan de verse como prohibiciones y comienzan a entenderse como herramientas para alcanzar un objetivo compartido.
Durante la discusión conviene orientar a los estudiantes para que los acuerdos sean claros y concretos. Expresiones como "portarse bien" o "ser buenos compañeros" pueden interpretarse de muchas maneras, en cambio, acuerdos como escuchar cuando alguien está hablando, cuidar el material común, llegar preparados para la clase o pedir la palabra antes de intervenir describen acciones observables que todos pueden comprender y poner en práctica.
¿Qué tomar en cuenta?
Es recomendable mantener un número razonable de acuerdos. Un reglamento con veinte o treinta normas suele terminar olvidado en una pared del salón, pero un conjunto breve de compromisos fáciles de recordar tiene mayores posibilidades de convertirse en parte de la vida cotidiana del grupo. Lo importante no es la cantidad de reglas, sino que realmente orienten la convivencia y puedan aplicarse de manera consistente.
Otro aspecto fundamental consiste en conversar sobre las consecuencias del incumplimiento de los acuerdos. Este tema no debe abordarse desde el castigo, sino desde la responsabilidad. Si un estudiante interrumpe constantemente una actividad, daña material o falta al respeto a un compañero, el grupo puede reflexionar sobre cómo reparar esa situación y qué acciones permiten recuperar la confianza. Este enfoque ayuda a comprender que toda acción tiene un impacto en los demás y que convivir implica asumir las consecuencias de las propias decisiones.
¿Y ahora?
Una vez elaborado el reglamento, el trabajo apenas comienza. Los acuerdos solo funcionan cuando forman parte de la rutina diaria. Durante las primeras semanas es conveniente retomarlos con frecuencia, reconocer cuando el grupo los cumple y utilizarlos como referencia para resolver conflictos. En lugar de recurrir únicamente a llamados de atención, el docente puede preguntar: "¿Qué acuerdo estamos dejando de cumplir?" o "¿Cuál de nuestros compromisos nos puede ayudar en esta situación?". Así, el reglamento deja de ser un documento decorativo para convertirse en una herramienta viva.
También es importante recordar que ningún reglamento es definitivo. Conforme avanza el ciclo escolar pueden surgir situaciones que no se habían previsto o necesidades diferentes a las del inicio. Destinar unos minutos cada cierto tiempo para revisar los acuerdos con el grupo permite evaluar si siguen siendo útiles, si alguno necesita ajustarse o si es necesario incorporar nuevos compromisos. Esta revisión fortalece la idea de que la convivencia es una construcción permanente.
Lo importante es nuestro papel
El ejemplo del docente sigue siendo el elemento más importante para que cualquier reglamento funcione. Los estudiantes observan con atención si las normas se aplican de manera consistente, si el respeto es mutuo y si las expectativas que se plantean también son asumidas por la persona que dirige el grupo. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace transmite un mensaje mucho más poderoso que cualquier cartel colocado en el salón.
Construir un reglamento junto con los estudiantes durante los primeros días de clases no solo favorece un mejor clima escolar, sino que también desarrolla habilidades como el diálogo, la participación, la corresponsabilidad y la resolución de conflictos. ¿Has creado alguna vez un reglamento en conjunto?