Quizá una de las frases más repetidas por maestros de todo el mundo es “No me alcanza el tiempo”, para muchos docentes el trabajo, las responsabilidades en casa, la vida familiar se convierten en una carrera constante contra el reloj. Planeaciones, evaluaciones, juntas, reportes, atención a familias, actividades institucionales y, además, la vida en casa, atender a la familia, mantenerse al día con las cuentas, los alimentos, la casa. Sin darnos cuenta, comenzamos a normalizar la prisa como forma de existencia profesional y personal, vivimos reaccionando, resolviendo lo urgente, postergando lo importante y prometiéndonos que el próximo mes será más tranquilo, lo cual casi nunca ocurre.
Muchas veces la realidad se impone, las ocupaciones son demasiadas, el tiempo sencillamente no es suficiente, sin embargo es posible, con algunas herramientas y estrategias, no solo administrar también nuestro tiempo, sino aprender a utilizarlo de forma que logremos resolver a tiempo lo indispensable y guardemos tiempo para recuperar energía, conectar con nuestros seres queridos y sentirnos en control. Así como transmitimos la importancia de la organización y el orden a nuestros estudiantes, necesitamos revisar la manera en que nosotros abordamos nuestros recursos.
Una cosa a la vez
Una buena estrategia es trabajar por bloques y no por interrupciones. En lugar de alternar constantemente entre tareas, conviene asignar momentos específicos para cada tipo de actividad, un bloque para planeación, otro para revisión, otro para responder mensajes. Esto nos ayuda a reducir la fatiga mental y mejora la concentración, pues evita estar haciendo cambios sobre nuestro foco de atención a gran velocidad. No siempre es posible hacer más en menos tiempo, pero si es posible hacer todo con mayor concentración, reducir los tiempos de transición entre tareas y dejar atrás pendientes en un mismo momento, en lugar de regresar, una y otra vez, a tareas que dejamos inconclusas.
Nuestra propia rutina
Otro punto clave es establecer rituales para iniciar y para el cierre de nuestra jornada. Muchos docentes terminan su día escolar y continúan mentalmente en él hasta antes de dormir, lo cual no le permite relajarse y concentrarse en otros pendientes, el cuerpo sigue en tensión, la mente puesta en otra cosa. Para darle un respiro a nuestra mente y hacernos saber que el día laboral comienza y termina en un punto determinado del día podemos añadir pequeños rituales que le den esa señal a nuestra mente, un pequeño hábito, como ordenar el escritorio, escribir tres pendientes prioritarios para el día siguiente o simplemente apagar la computadora con la intención de cerrar el día, puede marcar una frontera simbólica entre el trabajo y la vida personal. Ese límite, aunque parezca sencillo, protege la salud emocional y nos ayuda a entrar en el siguiente momento del día con atención.
Cuidado con las pantallas
En la actualidad es muy importante revisar la relación que tenemos con la tecnología. Los grupos de mensajería con familias y colegas pueden convertirse en una extensión infinita del horario laboral, es fácil cambiar de una pantalla a otra para seguir trabajando aún cuando vamos en el transporte o estamos en la mesa con nuestra familia. Establecer horarios claros de respuesta y comunicarlos con respeto no es falta de compromiso, es autocuidado profesional, cerrar los dispositivos para concentrarnos en nuestro contexto y cuidar el tiempo que pasamos frente a las pantallas es importante, en la actualidad el celular nos hace sentir que podemos resolver todo desde el dispositivo, comunicarnos con otros, resolver tareas, trabajar, entretenernos e incluso descansar, pero nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan una pausa para recuperar la energía y concentrarse en otras cosas sin la corriente constante de contenidos que vemos en redes sociales.
Evitar decir siempre que sí
Aprender a decir “no” es otra habilidad muy imporante, pues para muchos docentes que, de por sí, se sienten rebasados, resulta agobiante cerrarse a otras actividades, acostumbrados a estar siempre al frente de actividades. Aceptar cada solicitud por miedo a parecer poco colaborativo termina afectando la calidad de nuestro trabajo y nuestra estabilidad personal. Decir “no puedo en este momento, pero puedo apoyar de esta otra forma” es una alternativa responsable y honesta.
¡Descasa!
Es esencial recordarnos que el descanso no es premio, es una necesidad. El ocio, el silencio, las actividades que no tienen finalidad productiva también forman parte de una vida equilibrada, un docente que descansa no está menos comprometido, en realidad busca hacer su tarea más sostenible en el tiempo. Dejar atrás la idea de que descansar es perder tiempo es fundamental, pues esto nos ayudará a hacerle espacio en nuestra lista cotidiana de cosas por hacer.
Tal vez no podamos tener menos responsabilidades, pero sí podemos relacionarnos de otra manera con ellas. ¿Cómo gestionas tu tiempo? ¿Qué consejo le darías a otros docentes?