El aula suele pensarse como un lugar específico ya establecido al que asociamos características siempre iguales, mesas, sillas, pizarrón, quizá un proyector, algo fijo, difícil de modificar y, por lo tanto, es poco común tomarlo como algo relevante para la planificación, sin embargo, es importante considerar que el espacio no es neutro. La forma en que está organizado influye directamente en cómo se mueven los estudiantes, cómo participan, qué tipo de interacciones ocurren y hasta cuánto tiempo logran sostener la atención. ¿Qué aspectos deberíamos tener en cuenta al momento de planificar nuestras clases? ¿Podemos hacer algo con espacios ya determinados?
Claramente las aulas son espacios en los que no tenemos el control de todos los elementos y no siemrpe tenemos los recursos para adecuarlos como nos gustaría, pero considerar este elemento al crear nuestras clases puede ayudarnos a manejar mejor este recurso.
La disposición del espacio
Planificar el aula no se trata necesariamente de cambiar los espacios por completo, sino de considerar lo que podemos lograr y cómo podemos hacer que trabaje mejor para nuestros objetivos. Por ejemplo, una organización tradicional, con filas orientadas al frente, favorece ciertos tipos de actividades, como la exposición o el trabajo individual, pero puede limitar otras, como la discusión o el trabajo colaborativo. Cambiar esto no requiere una transformación radical, a veces, basta con mover algunas sillas para crear pequeños grupos o abrir un espacio distinto dentro del aula para modificar la dinámica.
Un buen primer paso es observar el espacio con intención. ¿Qué zonas se usan más? ¿Dónde se concentra la atención? ¿Hay lugares donde los estudiantes participan menos? ¿Por dónde entra más luz? ¿A qué hora está más fresco o es más cálido? Este tipo de lectura permite identificar patrones que suelen pasar desapercibidos y a partir de ahí, se pueden hacer ajustes concretos, aunque sean pequeños.
Nada es fijo
El uso del movimiento es otra herramienta poderosa, es decir, nuestra aula no necesariamente debe verse igual a lo largo de toda la sesión. Permitir o incluso propiciar que los estudiantes cambien de lugar durante la clase puede reactivar la atención y generar nuevas formas de interacción, además de ayudarnos a introducir dinámicas interesantes. No tiene que ser constante ni caótico, por el contrario, puede estar integrado en momentos específicos, como transiciones entre actividades o dinámicas de intercambio que podemos aprovechar para hacer cambios en la disposición del aula, hacer una pausa mental y crear un espacio nuevo.
Aprovechar lo existente
A veces estamos tan acostumbrados a ciertos elementos que damos por hecho su presencia, pero incluso los recursos más tradicionales u obvios pueden tener un giro o integrarse en nuestras planeaciones activamente. El entorno visual también cuenta, por ejemplo, paredes, pizarrón y otros elementos pueden convertirse en recursos activos en lugar de ser solo fondo, son espacios que no podemos cambiar, pero que sí podemos aprovechar. Escribir ideas clave que permanezcan visibles, usar distintos espacios para distintos tipos de contenido o incluso dejar huellas de procesos anteriores puede ayudar a construir continuidad en el aprendizaje, crear comunidad y hacer espacio para el cambio.
Por supuesto, no todos los contextos permiten grandes modificaciones, pero incluso en espacios limitados, hay margen para intervenir. El punto no es tener el aula ideal, sino reconocer que el entorno forma parte de la experiencia de aprendizaje. ¿Qué tipo de adecuaciones haces en tu espacio de aprendizaje? ¡Comparte tus ideas con nosotros!