En toda clase encontramos estudiantes que parecen tener una respuesta para cada indicación, cuestionan, negocian, se niegan, interrumpen o hacen exactamente lo contrario de lo que se les pidió. Cuando esto ocurre de manera frecuente, es fácil que el docente termine sintiendo que cada clase se convierte en una lucha por conseguir que el estudiante entre en la dinámica de la clase, sin embargo conviene más detenerse a observar qué está ocurriendo que convertir la situación en un enfrentamiento constante.
¿Esto se repite?
El primer paso es distinguir entre un desacuerdo ocasional y un patrón constante. No todas las negativas significan lo mismo. Un estudiante puede cuestionar una instrucción porque no la comprendió, porque considera que una actividad es injusta, porque busca llamar la atención, porque necesita mayor autonomía o porque ha descubierto que discutir es una manera efectiva de posponer aquello que no quiere hacer. Identificar cuándo, cómo y ante qué tipo de indicaciones aparece la conducta puede ofrecer más información que intentar corregirla inmediatamente.
También conviene revisar la manera en que se formulan las indicaciones. Cuando una instrucción es ambigua, demasiado larga o deja abiertas muchas posibilidades de interpretación, aumenta la probabilidad de que aparezcan discusiones, por ello decir con claridad qué se necesita hacer, cuánto tiempo hay disponible y qué opciones existen reduce algunos conflictos innecesarios. Cuando sea posible, ofrecer pequeñas posibilidades de elección también puede ayudar: trabajar de manera individual o en pareja, comenzar por una actividad u otra o elegir entre diferentes formas de presentar un trabajo.
¿Y la autoridad?
Esto no significa que todas las indicaciones tengan que negociarse. Hay límites que forman parte de la organización del aula y que deben mantenerse. La diferencia está en establecerlos sin convertir cada incumplimiento en un enfrentamiento público. Una indicación breve y firme suele ser más útil que una larga discusión frente al grupo. Si el estudiante continúa desafiándola, puede ser preferible retomar la conversación en privado, cuando ninguno de los dos tenga que defender su posición frente a los demás.
Una ruta práctica para estas situaciones
Cuando la conducta aparece, puede ser útil seguir una secuencia sencilla. No todos los casos requieren llegar al último paso, pero tener una ruta definida ayuda a no reaccionar impulsivamente.
1. Detén la escalada
Habla con un tono tranquilo y evita entrar en una discusión frente al grupo. Si el estudiante responde con desafío, no es necesario contestar cada argumento. Una frase breve puede ser suficiente.
2. Repite la indicación con claridad
Comprueba que el estudiante sabe exactamente qué tiene que hacer. En lugar de varias instrucciones al mismo tiempo, utiliza una indicación concreta.
3. Ofrece una elección limitada cuando sea posible
Dar cierto margen de autonomía puede reducir la necesidad de oposición, puede ser útil. La elección funciona cuando ambas opciones son aceptables para el docente.
4. Evita negociar el límite en público
Si el estudiante continúa discutiendo, procura posponer la conversación. esto permite mantener el límite.
5. Habla en privado
Cuando la situación se haya calmado, describe lo ocurrido sin etiquetar al estudiante, escuchar la respuesta no significa aceptar cualquier conducta; significa obtener información para intervenir mejor.
6. Define qué hacer la próxima vez
Si el comportamiento se repite, acuerden una respuesta concreta. Por ejemplo, qué puede hacer el estudiante cuando no esté de acuerdo, cómo puede expresar una inconformidad y qué ocurrirá si decide no seguir una indicación. La clave es que sea algo específico y posible de cumplir.
7. Da seguimiento
No basta con intervenir después de un conflicto. Durante los días siguientes, observa si hay cambios y reconoce cuando el estudiante maneja de otra manera una situación difícil.
Cómo decimos las cosas
También puede ser útil hablar sobre la conducta concreta y no sobre la personalidad del estudiante. Hablar de situaciones observables permite analizar qué está pasando sin convertir el comportamiento en una etiqueta que termine definiendo al estudiante.
Otra cuestión importante es evitar que toda la relación con ese estudiante quede reducida a las correcciones. Si la mayor parte de las interacciones que recibe del docente ocurren cuando hace algo que está mal, es posible que ambos terminen relacionándose desde la expectativa del conflicto, buscar también momentos para reconocer su participación, pedirle una opinión o conversar sobre algo que está haciendo bien ayuda a construir una relación que no dependa exclusivamente de la disciplina.
Mantener los límites no significa ganar una batalla. El objetivo no es evitar cualquier conflicto, parte del aprendizaje consiste precisamente en descubrir que podemos estar en desacuerdo, expresar una inconformidad y aun así respetar los límites necesarios para convivir y trabajar con otras personas. ¿Cómo has abordado esto en tus clases?