Compararse con los demás es una experiencia común durante la etapa escolar. Quién terminó primero, quién obtuvo la calificación más alta, quién recibió un reconocimiento o quién parece tener más facilidad para determinada materia son algunas de las referencias que los estudiantes utilizan para valorar su propio desempeño, y si bien las comparaciones no pueden desaparecer por completo del aula, es posible evitar que se conviertan en la principal medida del aprendizaje.
¿Competir es bueno o malo?
Es normal que los niños y adolescentes tengan un instinto competitivo marcado e incluso es común que algunas dinámicas en el aula giren en torno a esto, es verdad que una competencia ocasional puede ser parte de una actividad y no necesariamente representa un problema, pero la dificultad aparece cuando los estudiantes comienzan a interpretar el desempeño de sus compañeros como una medida de su propio valor, pues cuando habitamos un contexto en el que se le da importancia a este aspecto, poco a poco un buen resultado de otra persona puede vivirse como un fracaso propio, mientras que equivocarse frente al grupo puede generar vergüenza o deseo de ocultar las dificultades.
Puede que la competencia ocasional nos ayude a esforzarnos más, pero poner el foco de toda actividad en el resultado y en la jerarquía que eso nos otorga frente a los otros no ayuda al aprendizaje, por el contrario, lo condiciona y lo llena de emociones que pueden frenarlo. Competir no es en sí mismo, ni bueno ni malo, pero es importante buscar un equilibrio y ayudar a los estudiantes a verse más allá de eso.
El efecto de los adultos
La manera en que se presentan los resultados también puede reforzar estas dinámicas, la escuela suele ser un espacio que motiva la competencia incluso sin darse cuenta, por ejemplo, al mostrar públicamente quién obtuvo las calificaciones más altas, reconocer siempre a los mismos estudiantes o recordar constantemente quién terminó primero puede hacer que el grupo preste más atención a la posición que ocupa cada persona que al proceso que siguió para aprender. Incluso cuando la intención del docente es motivar, el mensaje puede terminar siendo que aprender consiste principalmente en superar a los demás.
Una alternativa es desplazar parte de la atención hacia el progreso individual. En lugar de preguntar solamente quién obtuvo determinado resultado, se puede ayudar a los estudiantes a identificar qué podían hacer antes, qué pueden hacer ahora y qué necesitan seguir practicando. Comparar un trabajo actual con uno anterior del mismo estudiante permite observar avances que quizá no serían visibles si únicamente se mirara el desempeño del grupo, de esa forma evitamos una competencia innecesaria y ayudamos a que cada estudiante se concentre en su propio proceso sin juzgarlo.
Todos somos hábiles en algo
En todas las aulas hay estudiantes que destacan de manera natural en ciertas materias y estudiantes que tienen dificultades en otras, por ello conviene diversificar aquello que se reconoce. Si solamente se premian las respuestas correctas o las calificaciones altas, algunos estudiantes tendrán pocas oportunidades de experimentar que su esfuerzo es visible. Puede ser que el objetivo general sea mejorar las calificaciones o resolver los ejercicios de manera correcta, pero existen una gran cantidad de habilidades que en ocasiones no tienen oportunidad de demostrarse en un aula tradicional, hacerles espacio y reconocerlas como parte integral de todo el proceso de aprendizaje es muy importante.
Reconocer una buena pregunta, una estrategia diferente para resolver un problema, la capacidad de explicar algo a un compañero o la perseverancia ante una dificultad permite mostrar que aprender implica mucho más que llegar rápidamente a la respuesta.
Trabajo en equipo
El trabajo colaborativo puede contribuir a modificar estas relaciones, siempre que no se limite a juntar estudiantes para realizar una tarea. Es importante asignar objetivos compartidos y crear situaciones en las que las aportaciones de distintas personas sean necesarias, de esta manera, el éxito de la actividad depende de la colaboración y no de identificar quién es individualmente el mejor.
Para muchos estudiantes la experiencia del trabajo en equipo puede ser frustrante, pues tendemos mucho a simplemente dividir partes de la actividad para trabajarlas individualmente, por ello guiar el trabajo y enseñarles la importancia de los roles es tan necesario.
Lo que decimos también cuenta
Las conversaciones cotidianas ofrecen oportunidades para intervenir. Cuando un estudiante dice que alguien “es más inteligente” porque obtuvo una mejor calificación, por ejemplo, el docente puede aprovechar la afirmación para hablar sobre las distintas habilidades, los conocimientos previos, las formas de estudiar y el tiempo que requiere cada persona para aprender. No se trata de negar las diferencias de desempeño, sino de evitar convertirlas en etiquetas permanentes.
Esto también implica cuidar el lenguaje con el que se habla de los estudiantes. Expresiones como “los que sí saben”, “los más avanzados” o “quienes siempre terminan primero” pueden crear categorías dentro del grupo que terminan influyendo en las expectativas de estudiantes y docentes. Describir procesos concretos resulta más útil que establecer identidades a partir del rendimiento.
Construir un aula menos centrada en la comparación no significa eliminar todos los desafíos, significa ofrecerles más referencias para valorar su aprendizaje, su propio progreso, las estrategias que han desarrollado, lo que pueden aportar a otros y aquello que todavía necesitan aprender. ¿Qué tanto foco tiene la competencia en tu aula?