Para muchas personas, la palabra rutina se asocia con monotonía, con repetición sin sentido o con falta de creatividad, durante años se ha instalado la idea de que innovar implica romper con todo lo establecido y que repetir es sinónimo de estancarse, narrativa que ha llegado a las aulas. Sin embargo, desde la práctica docente cotidiana, una rutina bien entendida puede ayudarnos a sostener un ritmo de aprendizaje continuo y a crear espacios seguros en los que los estudiantes puedan desarrollar todo su potencial, las rutinas ofrecen previsibilidad en un entorno que, para muchos estudiantes, es emocional y cognitivamente demandante. Para todas las personas, saber qué viene después reduce la ansiedad, disminuye la carga mental y libera energía para concentrarse mejor, esto en un ámbito de aprendizaje es fundamental.
La importancia del aula
El salón de clases es uno de los pocos espacios donde todos los alumnos pueden encontrar estabilidad diaria sin importar el contexto particular del que provengan, pues es posible que para muchos de ellos el resto de su entorno esté atravesado por cambios, tensiones o incertidumbre. Así, la rutina se convierte entonces en un lenguaje compartido, familiar y predecible, en una forma de organización que se aprende y se interioriza con el tiempo, el saludo al entrar, el momento de organizar los materiales, la manera en que se inicia la clase o se transita de una actividad a otra, estos pequeños rituales no son accesorios ni simples hábitos de orden; construyen pertenencia, sentido y confianza. Cuando un estudiante reconoce la secuencia de la clase, se siente capaz de habitarla y de participar en ella.
Aprender de la repetición
Desde el punto de vista pedagógico, la rutina no es solamente lo que hacemos todos los días al llegar al aula, también puede ser una herramienta que transmita aprendizajes. Enseña a anticipar, a esperar turnos, a autorregularse y a comprender que el aprendizaje tiene tiempos y procesos, no se trata solamente de hacer siempre lo mismo ni de rigidizar la enseñanza, sino de sostener estructuras claras que permitan que los contenidos cambien sin que el marco se desmorone.
Otras habilidades
Crear una rutina segura en el aula también puede ser útil para construir espacios que permitan el desarrollo de habilidades como la creatividad, la innovación y la flexibilidad. Aunque parezca lo contrario, una rutina bien construda permite que el aula se transforme en un lugar seguro para probar cosas nuevas, ya que la atención del alumno no necesita competir con el caos o con la incertidumbre, no se pregunta qué ocurrirá después, deja atrás la ansiedad, la inseguridad y el ruido mental. Gracias a ello puede desarrollar un pensamiento creativo, buscar alternativas a problemas comunes y proponer nuevas rutas. Incluso los docentes pueden encontrar en una rutina clara la seguridad para probar metdologías nuevas y dinámicas desafiantes.
Aulas inclusivas
Las rutinas, además, favorecen la inclusión. Para estudiantes con dificultades de atención, con necesidades educativas específicas o que están aprendiendo a convivir en un espacio colectivo, la previsibilidad es un apoyo fundamental. Saber cómo funciona la clase reduce la sensación de desventaja y permite que más alumnos se concentren en aprender y no en descifrar constantemente las reglas del juego.
La importancia para el docente
Para el docente, la rutina es una aliada silenciosa. Disminuye el desgaste emocional, facilita la gestión del grupo y permite enfocar la energía en la enseñanza y no en el control permanente. Las rutinas bien construidas no se imponen de manera autoritaria: se explican, se modelan y se sostienen con coherencia. Con el tiempo, dejan de ser instrucciones externas y se transforman en hábitos compartidos que sostienen la vida del aula incluso en días difíciles.
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