Dicen que hace mucho tiempo, una mujer hermosa se enamoró y tuvo dos hijos. Por amor ciego a un hombre que la abandonó, cometió el peor error: perdió a sus niños en el río.
Al darse cuenta de lo que hizo, el dolor la volvió alma en pena.
Desde entonces, en las noches de niebla, se escucha su lamento cerca de ríos, lagos y calles solitarias:
¡Ay, mis hijos!
Vestida de blanco, con el velo empapado y el cabello negro flotando, busca sin descanso lo que nunca encontrará. Unos dicen que llora de arrepentimiento, otros que se lleva a quienes andan solos de noche.
Si la escuchas lejos, está cerca. Si la escuchas cerca... corre.