Una de las situaciones que más desconcierta a quienes trabajan con adolescentes es la constante necesidad que parecen tener de cuestionar decisiones, pedir explicaciones o querer hacer las cosas de otra manera. En ocasiones, esta actitud puede interpretarse como falta de disciplina o una intención permanente de desafiar la autoridad, pero gran parte de estos comportamientos responde a la necesidad, propia del desarrollo, de la búsqueda de autonomía.
La adolescencia es una etapa en la que las personas comienzan a construir una identidad más independiente, poco a poco dejan de aceptar las normas únicamente porque un adulto las establece y empiezan a preguntarse si esas reglas tienen sentido, si son justas o si existen otras formas de hacer las cosas. Este proceso forma parte de su desarrollo y representa una oportunidad para fortalecer habilidades como el pensamiento crítico, la toma de decisiones y la responsabilidad.
¿Cómo gestionar esto?
Esto no significa que los adolescentes necesiten un aula sin límites, de hecho, la autonomía solo puede desarrollarse de manera saludable cuando existe una estructura clara. Las reglas, las rutinas y las expectativas siguen siendo necesarias porque proporcionan seguridad y ayudan a organizar la convivencia, la diferencia está en que, durante esta etapa, resulta especialmente importante que los estudiantes comprendan el propósito de esas normas, encuentren espacios donde puedan tomar decisiones reales y sepan que son escuchados.
Dar voz a los adolescentes no implica consultar cada aspecto de la vida escolar ni renunciar al papel del docente como guía, pero sí implica reconocer que existen áreas donde su opinión puede enriquecer el trabajo del grupo, por ejemplo, pueden participar en la definición de algunos acuerdos de convivencia, proponer temas para proyectos, elegir entre diferentes formas de presentar un trabajo o colaborar en la organización de determinadas actividades. Estas decisiones les permiten experimentar que sus ideas tienen un impacto en el aula.
La posibilidad de elegir
Las oportunidades de elección también favorecen la motivación. Cuando un estudiante siente que tiene cierto control sobre la manera en que aprende o demuestra lo que sabe, suele involucrarse con mayor interés en las actividades, incluso decisiones aparentemente pequeñas, como elegir el orden en que resolverá una actividad o seleccionar entre dos opciones de trabajo, pueden aumentar la sensación de autonomía sin alterar los objetivos de aprendizaje.
Crear dinámicas en las que ellos puedan tomar pequeñas decisiones puede aumentar su confianza poco a poco, algo muy importante en la vida adulta donde la necesidad de hacer elecciones es constante. Un estudiante al que siempre le dijeron qué hacer, difícilmente senitrá confiaza en el futuro.
¿Quién gana?
Un aspecto importante consiste en diferenciar entre negociar y ceder. Hay elementos que forman parte de la responsabilidad profesional del docente y no están sujetos a discusión, como los objetivos curriculares, la seguridad del grupo o el respeto entre los integrantes de la comunidad escolar. Otros aspectos, en cambio, admiten cierta flexibilidad y saber distinguir entre ambos ayuda a mantener una autoridad clara mientras se promueve la participación estudiantil.
La manera de responder a los cuestionamientos también influye en el clima del aula. Cuando un adolescente pregunta por qué debe realizar determinada actividad, la respuesta no siempre refleja una intención de desafiar al docente, en muchos casos, simplemente busca comprender el sentido de lo que hace. Explicar cómo una actividad contribuye a desarrollar una habilidad o por qué una norma beneficia al grupo suele generar mayor disposición para colaborar que responder únicamente con frases como "porque así se hace".
No todo puede salir bien
La autonomía también implica aprender a asumir las consecuencias de las propias decisiones. Permitir que los estudiantes tomen algunas decisiones significa aceptar que, en ocasiones, elegirán opciones poco acertadas y eso está bien, siempre que no exista un riesgo importante, estas experiencias pueden convertirse en valiosas oportunidades de aprendizaje. Reflexionar posteriormente sobre lo ocurrido ayuda a fortalecer la capacidad de analizar resultados y tomar mejores decisiones en el futuro, esto sin someterlos a juicio o recibir un castigo por algo que se trata de un proceso.
¿De qué te encargas tú?
Otro aspecto relevante es ofrecer responsabilidades acordes con la edad, pues los adolescentes suelen responder positivamente cuando perciben que se confía en ellos. Coordinar una actividad, apoyar en la organización de materiales, moderar una discusión o participar en proyectos colectivos comunica que el docente reconoce sus capacidades. Estas experiencias fortalecen el sentido de competencia y favorecen una participación más activa en la vida del aula.
Al mismo tiempo, conviene evitar una supervisión excesiva de cada paso que dan los estudiantes. Cuando el docente controla continuamente todos los detalles, limita las oportunidades para que desarrollen iniciativa, organización y resolución de problemas. Acompañar no significa resolver cada dificultad antes de que aparezca, brindar orientación y permitir que sean ellos quienes encuentren soluciones produce aprendizajes más duraderos.
Encontrar el equilibrio entre autonomía y estructura no siempre es sencillo, pero representa uno de los desafíos más importantes de la enseñanza en esta etapa. ¿Cómo les ayudas a sentirse más seguros y capaces?