En la vida escolar, gran parte de la comunicación entre docentes y estudiantes gira en torno a instrucciones, contenidos, evaluaciones y normas de convivencia, explicamos temas, resolvemos dudas, damos indicaciones y ofrecemos retroalimentación, pero también existe una parte de esa comunicación a la que se le presta menos atención, aunque es quizá tan relevante como las explicaciones y los datos, la que nos ayuda a conectar con los alumnos.
Conversar con los estudiantes va mucho más allá de hablarles, implica crear espacios donde puedan expresarse, compartir inquietudes, construir confianza y sentirse escuchados. Estas interacciones, que muchas veces ocurren en momentos breves e informales, pueden tener un impacto profundo en el bienestar, la motivación y el aprendizaje.
La buena noticia es que no se necesitan grandes discursos ni técnicas complejas para construir mejores conversaciones, en muchos casos, pequeños cambios en la manera de escuchar y dialogar pueden marcar una diferencia importante.
Hacer preguntas abiertas
Uno de los errores más comunes al conversar con estudiantes es formular preguntas que solo admiten respuestas breves. Preguntas como “¿Entendiste?”, “¿Todo bien?” o “¿Terminaste?” suelen generar respuestas igualmente cortas: “Sí”, “No” o “Más o menos”. Aunque pueden ser útiles en determinados contextos, rara vez favorecen una conversación más profunda.
Las preguntas abiertas, en cambio, invitan a desarrollar ideas. Cuestiones que para resolverse requieran de cierta reflexión, de hablar de nuestra propia experiencia y a profundizar en nuestras perspectivas permiten conocer mejor cómo piensan los estudiantes y favorece una participación más activa. Esto no necesariamente implica tener conversaciones íntimas o interacciones fuera de lo académico, en si trabajar esto desde los temas de la escuela y las materias que impartimos es más que suficiente para conectar con ellos y saber un poco más de quienes son nuestros estudiantes.
Escuchar para comprender, no solo para responder
Muchas veces escuchamos mientras preparamos mentalmente lo que vamos a decir después, lo cual puede ocurrir especialmente cuando estamos ocupados, cansados o gestionando múltiples tareas al mismo tiempo, sin embargo, una escucha auténtica requiere atención plena, concentrarse en lo que el estudiante está diciendo, observar su lenguaje verbal y no verbal y evitar interrumpir innecesariamente.
Escuchar no significa estar de acuerdo con todo, sino demostrar interés genuino por comprender la perspectiva del otro y cuando un estudiante percibe que el docente realmente lo escucha, aumenta la probabilidad de que participe, comparta inquietudes y busque apoyo cuando lo necesite.
Interesarse por ellos
A veces los docentes conocemos muy bien el desempeño académico de nuestros alumnos, pero sabemos poco sobre aquello que les apasiona fuera del aula, poner atención a lo que les interesa puede abrir puertas inesperadas para la comunicación, no es necesario convertirse en experto en videojuegos, deportes, música o redes sociales, lo importante es mostrar curiosidad genuina por lo que hacen, por lo que les gusta leer, escuchar y jugar, si juegan deportes o en qué ocupan su tiempo fuera del salón de clases. Todo esto puede ayudar a construir vínculos más cercanos y significativos.
Además, conocer los intereses de los estudiantes permite establecer conexiones entre los contenidos escolares y su realidad cotidiana, con lo que podemos crear clases más cercanas a ellos y aumentar su motivación.
Dar espacio a los silencios
En ocasiones, encontramos grupos o estudiantes a los que les cuesta mucho compartir un poco más de sí mismos o que no parecen responder a nuestras preguntas, esperamos una respuesta inmediata y si esta no llega, tendemos a llenar los silencios, reformular la pregunta o incluso a responderla nosotros mismos. Aunque puede resultar un tanto desmotivador, algunos estudiantes necesitan tiempo para organizar sus ideas y para abrirse al adulto que tienen enfrente.
Darle tiempo a los alumnos, permitir que piensen en silencio o darles espacio antes de abrirse puede ayudar muchos construir confianza y claridad. Aunque los silencios parecen incómodos, abordarlos con naturalidad y hacerle saber a los estudiantes que permanece la posibilidad de respuesta es útil para ellos y suele generar respuestas más reflexivas y elaboradas. Los silencios también comunican respeto. Transmiten el mensaje de que vale la pena esperar lo que el estudiante tiene para decir.
Validar emociones sin apresurarse a solucionarlas
Como docentes nos toca ser testigos de gran parte de la vida de los alumnos, vemos sus emociones, sus procesos y las dificultades que atraviesan, por lo que cuando un estudiante expresa frustración, tristeza o preocupación, nuestra reacción inmediata suele ser buscar una solución. Aunque esta intención es comprensible, en ocasiones lo primero que necesita la persona es sentirse escuchada, priorizar este aspecto puede incluso ayudarnos a encontrar la mejor ruta para apoyarlos, por ello el primer paso es reconocer la experiencia emocional del estudiante antes de pasar a la búsqueda de soluciones.
Es importante recordar que validar una emoción no significa aprobar todas las conductas asociadas a ella, sino más bien reconocer que la emoción existe y merece ser escuchada.
Quizá no recordemos todas las explicaciones que damos a lo largo de nuestra carrera docente, tampoco nuestros estudiantes recordarán cada actividad o cada evaluación, pero es muy probable que muchos de ellos recuerden cómo los hicimos sentir cuando los escuchamos con atención, cuando mostramos interés por lo que pensaban y cuando les dedicamos unos minutos de conversación sincera