Como docentes conocemos la importancia de explicar claramente cualquier tema, la habilidad para transmitir información compleja en palabras sencillas es una de las habilidades más valoradas en nuestra profesión, la expectativa es que el profesor ordene, simplifique y haga accesible lo complejo. Sin duda una buena explicación puede abrir puertas que antes parecían cerradas, pero esta presión por enseñar mejor puede crear también un pequeño problema, al buscar claridad las explicaciones pueden volverse excesivas.
En muchas clases, la explicación ocupa casi todo el espacio, el docente presenta el tema, desglosa cada paso, anticipa errores, da ejemplos y, finalmente, propone ejercicios muy similares a lo ya visto. El resultado puede ser una clase aparentemente clara y ordenada, pero también con poco margen para que el estudiante piense por sí mismo.
El proceso de aprendizaje
Aprender no es solo entender una explicación, a veces también requiere enfrentarse a cierta dificultad, resolver un problema, conectar información que poseemos, recuperar conocimientos. Cuando todo está resuelto de antemano, el esfuerzo cognitivo se reduce, el estudiante sigue el procedimiento, reproduce lo que vio, pero no necesariamente logra construir comprensión profunda o un pensamiento crítico. La claridad, en ese sentido, puede convertirse en un obstáculo para este proceso.
Esto no implica que tengamos que explicar mal, mucho menos pensar en confundir deliberadamente, más bien se trata de dosificar la ayuda. ¿Cuánto decir y cuánto dejar para que el estudiante lo descubra? ¿En qué momento intervenir y en cuál retirarse? Estas decisiones son menos visibles que la explicación misma, pero tienen un impacto directo en el aprendizaje.
Dejarlos resolver
Una práctica que muchas veces repetimos casi sin darnos cuenta es resolver un problema completo antes de que el grupo lo intente, aunque parece eficiente y muchas veces lo hacemos precisamente por eso, en realidad, elimina la posibilidad de explorar estrategias propias, equivocarse y ajustar. También ocurre que damos explicaciones tan detalladas que no queda espacio para la interpretación, en ambos casos, la actividad se convierte en una tarea de seguir instrucciones más que de pensamiento o aprendizaje.
Introducir pequeñas zonas de incertidumbre puede ser más productivo y hacerlo de forma consciente puede ayudarnos a crear un conocimiento más claro, por ejemplo, plantear una tarea sin mostrar primero el procedimiento, ofrecer ejemplos en los que ellos necesiten completar información o pedir que anticipen posibles respuestas antes de explicar. Estas variaciones obligan a activar conocimientos previos y a tomar decisiones.
La importancia de equivocarse
Con esta idea en mente, el error también cambia de lugar, cuando la explicación lo anticipa todo, el error aparece como desviación de un modelo perfecto. En cambio, cuando hay espacio para explorar, el error se vuelve parte del proceso y no algo que se evita a toda costa, sino algo que se analiza y que de hecho se necesita.
Esta perspectiva exige un ajuste en la mirada docente. En lugar de medir el éxito de la clase por lo “claro” que fue todo, conviene preguntarse cuánto pensaron los estudiantes, qué decisiones tomaron, qué dificultades enfrentaron.
Explicar sigue siendo importante, pero no es el único recurso. Alternar momentos de explicación con momentos de exploración, y resistir la tentación de resolver todo de inmediato, puede abrir un espacio más activo para el aprendizaje. ¿Qué estrategias pondrías en marcha para esto en el salón de clases?