En algún momento de la vida escolar, muchos docentes se encuentran con una situación incómoda pero común: un estudiante o incluso varios expresan abiertamente que la clase o la actividad les parece aburrida, a veces lo dicen en voz alta, frente a todos, en otras ocasiones se manifiesta de forma menos directa, con gestos de desinterés, distracciones constantes o comentarios entre compañeros. Aunque estas expresiones pueden resultar frustrantes, también ofrecen una oportunidad para reflexionar sobre lo que está ocurriendo en el aula.
¿Qué revela el aburrimiento?
La palabra “aburrido” puede esconder muchas cosas distintas. En algunos casos, el estudiante siento que hace falta un desafío porque la actividad le resulta demasiado fácil, en otros, ocurre lo contrario, el contenido le parece tan difícil que prefiere desconectarse antes que enfrentar la frustración. También puede suceder que el alumno no encuentre una conexión clara entre lo que se está trabajando y su propia experiencia o curiosidad, que simplemente salga de su esfera de interés y que desee pasar el tiempo en actividades distintas pero se sienta obligado y atrapado por el contexto escolar.
En la actualidad también puede deberse al tipo de estímulos a los que ahora están acostumbrados, que suelen ser muy rápidos, diversos y visuales, debido al uso de dispositivos digitales. Considerar este nuevo tipo de normalidad en los niños y especialmente en los adolescentes nos puede ayudar a construir clases que se acerquen más a ellos y a ofrecerles herramientas que les ayuden a navegar el mundo a su alrededor más allá de los celulares, tabletas y computadoras.
No lo tomes personal
Como docentes, cuando escuchamos ese comentario o percibimos esa actitud puede generarnos una reacción emocional inmediata, sentir que se trata de una falta de respeto por nuestro trabajo o hacernos sentir desanimados por nuestros resultados, sin embargo es importante ver más allá de esto y comprenderlo como un signo de comunicación por parte de los estudiantes en una relación que se compone de elementos más allá de las palabras, observar con calma la situación puede ofrecer pistas valiosas. La desmotivación no siempre es un rechazo al aprendizaje en sí y mucho menos hacia el docente, sino a las circunstancias en las que se aprendizaje se está dando, cómo se transmite y el contexto del mismo estudiante.
¿Qué podemos hacer con esto?
Transformar ese comentario en una oportunidad de diálogo es una gran estrategia para transformar también nuestra labor. Preguntar al estudiante qué parte de la actividad le resulta aburrida o qué tipo de actividad le gustaría intentar puede abrir una conversación interesante, escuchar sus impresiones, valorar sus opiniones y tomarnos el tiempo de trasladar esa retroalimentación a nuestras planeaciones nos ayudarán a construir una relación más firme con nuestros alumnos y un aula mucho más integrada, inclusiva y segura. No se trata de cambiar toda la clase a partir de una sola opinión, pero sí de escuchar y comprender mejor qué está ocurriendo desde la perspectiva del alumno.
Ofrecer opciones
También es útil variar los modos de trabajo dentro de la clase. Cuando todas las actividades siguen la misma estructura algunos estudiantes pueden perder interés con facilidad, se vuelven predecibles, repetitivas y cansadas. Alternar momentos de discusión, pequeñas actividades en grupo, preguntas abiertas o retos que pongan a prueba el ingenio de los alumnos puede renovar la energía del grupo sin necesidad de modificar completamente la planeación.
No es necesario hacer muchos cambios para lograr esta variedad, a veces las actividades que ya conocemos y trabajamos solo requieren un giro de perspectiva para ser más frescas y atractivas. Si tienes planeado un cuestionario o alguna tarea puedes plantearla a la clase como una competencia, organizar equipos y otorgar puntos, este cambio puede hacer que todos los alumnos se sientan integrados e interesados por un cuestionario que de otra manera les resultaría aburrido.
¿Qué hay más allá?
Una herramienta muy poderosa para el aprendizaje es la curiosidad. A veces el contenido escolar se presenta de manera demasiado directa, sin permitir que los estudiantes se pregunten primero por qué ese tema es interesante o relevante, lo cual hace que el aprendizaje se centre en la memorización o la repetición. Plantear el conocimiento desde una pregunta intrigante, un problema inesperado o una situación cercana a la vida cotidiana puede despertar la atención incluso antes de comenzar la explicación formal y motivar a los estudiantes a buscar sus propias respuestas.
Por supuesto, no todas las clases pueden ser constantemente dinámicas o sorprendentes. Parte del aprendizaje también implica esfuerzo, paciencia y momentos de trabajo más silencioso, sin embargo, cuando los estudiantes perciben que la clase ofrece espacios para pensar, explorar y hacer preguntas, es más probable que mantengan el interés incluso en actividades más exigentes.
Responder a la desmotivación no significa necesariamente evitar cualquier forma de aburrimiento ni convertir la clase en contenido de entretenimiento, más bien se trata de aprender a leer lo que está ocurriendo en el aula. Cuando se toma como un punto de partida para reflexionar y ajustar la práctica docente, el aburrimiento puede ser un gran indicador. ¿Cómo manejas esto en tu clase?