Nació el 25 de agosto de 1899 en Oaxaca. Quedó huérfano de madre muy pequeño y se fue a vivir a la Ciudad de México con su tía. Desde niño le gustaba dibujar y vender fruta en el mercado de su tía, donde conoció de cerca las sandías, frutas y colores que después serían famosos en su obra.
En 1917 entró a la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Al principio pintó como los muralistas, pero pronto decidió hacer algo diferente. No quería que el arte solo hablara de política. Para Tamayo, lo más importante era el color, la forma y las raíces indígenas, pero de una manera moderna y universal.
En 1926 hizo su primera exposición y poco después viajó a Nueva York. Vivió muchos años entre México, Nueva York y París. Eso le ayudó a conocer el arte moderno de Europa, como Picasso y Braque, y a mezclarlo con los temas de México: las lunas, los perros, los hombres del campo, los mitos y, claro, las sandías rojas.
¿En qué fue diferente?
Tamayo no hizo murales gigantes como Rivera, Siqueiros y Orozco. Él prefería los cuadros de caballete y los murales portátiles. Defendía que el arte debía ser libre, sin mensajes políticos obligados. Por eso muchos lo llamaron “el cuarto grande”, aunque él siempre siguió su propio camino.
Sus obras más importantes:
Niños jugando con fuego, 1947
Dualidad, 1964: un mural enorme que está en el Museo Nacional de Antropología
Homenaje a la raza india, 1952
Y decenas de sandías que pintó toda su vida. Para él, la sandía representaba a México: dura por fuera, roja y jugosa por dentro.
Su legado:
Tamayo donó su colección de arte al pueblo de México. Gracias a eso hoy existen el Museo Tamayo Arte Contemporáneo en Chapultepec y el Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo en Oaxaca. También inventó una nueva técnica llamada mixografía, para darle textura a sus grabados.
Rufino Tamayo murió el 24 de junio de 1991 en la Ciudad de México. Su trabajo puso a México en el mapa del arte moderno mundial. Logró algo muy difícil: ser profundamente mexicano y, al mismo tiempo, universal.
Su frase lo resume todo: “Yo no pinto para decorar, pinto para emocionar”.