Cada 5 de mayo recordamos la Batalla de Puebla, cuando el Ejército de Oriente, comandado por el general Ignacio Zaragoza, derrotó al ejército francés en 1862. No celebramos la Independencia, sino la defensa de la soberanía nacional ante una de las potencias militares más fuertes del mundo.
En 1861, Benito Juárez suspendió el pago de la deuda externa. Francia, España e Inglaterra enviaron tropas a México. España e Inglaterra negociaron y se retiraron, pero Napoleón III tenía otros planes: quería establecer un imperio en América. Sus 6,000 soldados, considerados los mejores del mundo, avanzaron hacia la Ciudad de México.
Aquí es donde entra Ignacio Zaragoza. Con solo 29 años y un ejército de 4,500 hombres —muchos sin experiencia, mal armados y sin botas—, Zaragoza no se intimidó. Fortificó los cerros de Loreto y Guadalupe en Puebla y usó la estrategia por encima de la fuerza.
Zaragoza conocía el terreno y el clima. Esperó a que la lluvia convirtiera el campo en lodo y que los franceses se confiaran. Cuando atacaron de frente el 5 de mayo, los mexicanos los repelieron tres veces. Zaragoza arengó a sus tropas con una frase que pasó a la historia: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”.
Su liderazgo fue decisivo: supo coordinar infantería, caballería y a los indígenas zacapoaxtlas que pelearon como voluntarios. No solo fue valor, fue cabeza fría. Murió meses después de tifoidea, a los 33 años, sin ver el triunfo definitivo de la República.
La victoria del 5 de mayo retrasó 1 año la invasión francesa y se convirtió en símbolo mundial de resistencia. Demostró que un ejército improvisado, pero con unidad y estrategia, podía vencer a un imperio. En EU se celebra como símbolo del orgullo mexicano.
Zaragoza nació en Texas cuando era territorio mexicano. Irónico: el hombre que derrotó a Francia había nacido en lo que hoy es Estados Unidos.