Este año, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) menciona que los jóvenes menores de 30 años constituyen más de la mitad de la población mundial. Son una fuerza motriz para el desarrollo sostenible, la innovación y la transformación social, pero siguen viéndose afectados de manera desproporcionada por la pobreza, la desigualdad y el acceso limitado a una educación de calidad y a oportunidades de trabajo dignas.
A la hora de configurar el futuro de la educación, los jóvenes tienen un papel fundamental que desempeñar: son los beneficiarios de los programas educativos y su futuro depende de ellos. Por esta razón, es esencial involucrar de manera significativa a los estudiantes y a los jóvenes en la creación conjunta de la educación que desean para satisfacer sus aspiraciones y ambiciones. Esto es especialmente cierto en un momento de transformación radical inducida por la revolución tecnológica, que exige replantearse el propósito y las modalidades de la enseñanza.